Sobre la etiqueta Slow-TIC y sus contradicciones
La otra tarde cerré el portátil después de una de esas jornadas: actualizando webs, corrigiendo textos, organizando escritorios digitales, contestando mensajes. Un salto constante de pestañas, ventanas, aplicaciones. Sin pausa. Y pensé: «Vaya, menudo slow estás hecho».
Aquí está la paradoja: llevo la etiqueta Slow-TIC en el nombre del proyecto. Hablo de lentitud, de pausa, de reflexión crítica. Y sin embargo, a veces corro. A veces corro mucho.
Corro porque vivimos en aceleración estructural. No es un fallo personal. El contexto empuja: deadlines, presiones para innovar, plataformas diseñadas para eliminar la fricción, falta de tiempo estructural. La velocidad no es un defecto de carácter. Es una condición del mundo tecnológico que habitamos.
Entonces, ¿para qué la etiqueta?
Porque Slow-TIC no describe lo que soy. Describe hacia dónde miro. No es un estado alcanzado. Es una orientación ética y pedagógica. Un criterio para tomar decisiones. Una pregunta constante: ¿hacia dónde voy? ¿Y por qué?
Slow tech no es «ir despacio con la tecnología». Es una postura crítica frente a la hiperaceleración tecnosolucionista. Es reconocer que la tecnología no es neutral: cada herramienta lleva consigo valores, intereses, modelos de mundo. La pregunta no es solo «¿funciona?», sino «¿qué mundo construye esta tecnología? ¿A quién beneficia?»
Como insiste Carissa Véliz: la privacidad digital no es un tema técnico, es una condición para la libertad. Y yo añadiría: la lentitud también. Porque ir rápido es ceder el control. Es aceptar los valores por defecto sin preguntarte qué implican.
Hacer visible la etiqueta me obliga a rendir cuentas ante mí mismo. Me dice: «Dijiste que esto iba de lentitud. ¿Eres consciente de la contradicción?» No me garantiza coherencia perfecta. Pero sí me obliga a hacer visible la tensión. Y esa visibilidad es el primer paso para poder trabajar con ella.
Cuando digo «Slow-TIC», condenso varias ideas: que la educación necesita tiempo, que la tecnología no es neutral, que la soberanía digital importa, que la privacidad es un derecho, que la pausa es una práctica educativa. Todo eso está en la etiqueta como compromiso ético y pedagógico.
¿Cómo se hace esto? Con intentos, no con perfección. El diseño de slowticaula.es es artesanal: hecho con WordPress básico, low-cost, sostenible para mí. Cuando elijo herramientas, me pregunto: ¿respeta la privacidad? ¿Es transparente? En el trabajo en equipo o en claustro, reservo tiempo para preguntas incómodas: ¿Qué perdemos al usar esto? ¿Qué valores transmitimos?
Todo esto son intentos de mantener viva la pregunta de hacia dónde voy y por qué. No se trata de pureza, sino de conciencia.
La lentitud en solitario es casi imposible. Por eso Slow-TIC no es una práctica individual, es resistencia colectiva. Hacer visible la etiqueta es una invitación: «Yo también lucho con esto. Si quieres, podemos construir algo diferente juntos». Porque cuando no nombramos esta tensión, la vivimos como fracaso individual. Cuando en realidad es un problema estructural.
Slow-TIC es un «no» pausado: no a la aceleración obligatoria, no a la eficiencia como valor supremo, no a la adopción acrítica. Pero es un «no» que defiende el derecho a decidir. Y en un contexto que empuja hacia la velocidad, decir «no» es político.
Llevo la etiqueta Slow-TIC aunque a veces corra. Porque precisamente por eso la necesito. Porque es mi forma de recordarme cada día que la velocidad puede ser inevitable, pero la prisa siempre es opcional. Y en educación, la prisa casi nunca enseña nada bueno.