Leo el manifiesto de objeción de conciencia frente a la IA generativa del Atelier d’Écologie Politique de Toulouse y reconozco cada palabra. El ecocidio energético que representan los datacenters devorando ríos y bosques. El extractivismo neocolonial de las minas de coltán y litio. El trabajo ultraproletarizado del clic en países del Sur. La concentración oligárquica de poder en manos de tecnomesías con proyectos megalomaníacos. La distopía de deepfakes, desinformación industrializada y compañías virtuales generando dependencias afectivas. Todo esto es real. Todo esto está ocurriendo. Todo esto es, efectivamente, incompatible con cualquier proyecto humanista serio.
Y sin embargo. Sin embargo, escribo estas líneas con ayuda de Claude. Reviso o creo mis planificaciones didácticas y sus actividades consultando ChatGPT y Gemini. Pero también he empezado recientemente a explorar modelos locales, instalando varios LLM en mi ordenador personal, intentando entender cómo funcionan, qué consumen, qué posibilidades podrían ofrecer como alternativa. En principio, usarlos ni es fácil ni da buenos resultados inmediatos: tienen muchas limitaciones e inconvenientes. No son eficaces ni impresionantes, hay que aprender a usarlos, o tal vez haya que educarlos/refinarlos. Los servicios de las grandes compañías proporcionan una experiencia de usuario a menudo impactante por su eficacia y espectacularidad. Vivo en contradicción. Y cada vez estoy más convencido de que documentar honestamente esa contradicción es más valioso que fingir una coherencia que no tengo.
El doble fuego cruzado
Si queremos adoptar términos simplificadores, aunque reconociendo que la realidad es más compleja y matizada, podríamos decir que en el debate sobre IA en educación la posición de objeción del Atécopol a veces se etiqueta despectivamente como negacionismo tecnológico, ludismo anacrónico o resistencia al cambio inevitable. Se les acusa de querer parar el progreso, de ser irresponsables frente a la necesidad de preparar al alumnado para el futuro. En esos mismos espacios, mi uso intensivo de herramientas de IA se celebraría como innovación pedagógica, adaptación necesaria o incluso liderazgo educativo.
Pero existe otro espacio, el de quienes compartimos la crítica radical del Atécopol pero seguimos usando estas herramientas, donde ambas posiciones nos interpelan incómodamente. Los objetores nos preguntan si nuestro uso, por crítico que sea, no es una forma de complicidad, si no estamos normalizando precisamente lo que denunciamos. Los adopters nos preguntan si nuestra crítica, por fundamentada que esté, no es un obstáculo a la necesaria modernización educativa, si no estamos frenando oportunidades para el alumnado.
Slow-TIC habita ese espacio imposible. No el punto medio sensato entre extremos, sino el territorio incómodo de quien reconoce legitimidad en ambas interpelaciones sin poder satisfacer ninguna completamente.
El Atécopol tiene razón en lo fundamental
Antes de desarrollar mi posición, necesito ser absolutamente claro: el manifiesto del Atécopol acierta en su diagnóstico fundamental. No existe IA ética bajo control corporativo. Los datacenters verdes son greenwashing mientras sigan multiplicándose exponencialmente. La soberanía digital europea es teatro político mientras sigamos dependiendo de infraestructura estadounidense y chips taiwaneses fabricados con minerales congoleños. La narrativa de inevitabilidad es propaganda diseñada para desactivar resistencias. Y, crucialmente, normalizar el uso de ChatGPT, Copilot o Gemini en educación sin cuestionar sus condiciones de posibilidad es, efectivamente, entrenar a una generación en la dependencia oligárquica.
La objeción de conciencia que proponen es política y éticamente coherente. Establece una línea roja necesaria. Mantiene dignidad frente al tsunami. Y ofrece testimonio público de que esto no va de sí, que la adopción acrítica no es neutral. Sin esa línea roja, todo el campo político se desplaza hacia la normalización. Por eso su manifiesto es indispensable, aunque mi respuesta sea distinta.
Por qué uso lo que critico
Entonces, ¿por qué uso herramientas que considero problemáticas? ¿Por qué no ejerzo objeción de conciencia total? No tengo una respuesta que me satisfaga moralmente. Pero sí tengo una explicación que considero honesta.
Realicé mi Trabajo Final de Máster sobre aplicaciones de IA en docencia. Dediqué meses a investigar posibilidades, limitaciones, marcos éticos. Ese proceso me situó en una posición extraña: conocer lo suficiente para ver los peligros, pero también para intuir alternativas. Actualmente uso IA de forma intensiva en mi trabajo educativo y de escritura. No lo recomiendo acríticamente a otros docentes. No lo celebro como solución. Pero lo uso.
No uso IA corporativa porque crea que sea éticamente aceptable. La uso porque está ocurriendo materialmente, no como excusa sino como hecho que ya afecta mi práctica educativa real. Mi alumnado la usa. Mis colegas la usan. Las instituciones la promueven. La uso porque necesito entenderla desde dentro: no puedo enseñar soberanía tecnológica ni pensamiento crítico sobre IA sin conocer sus tripas, sus sesgos, sus limitaciones materiales. La crítica de lejos es importante pero insuficiente. La uso porque busco alternativas viables, pero solo las encuentro experimentando, probando modelos locales, midiendo consumos reales, documentando diferencias entre uso cloud y uso local, errando y aprendiendo. Y la uso porque opero en instituciones ya capturadas, donde mi margen de acción individual es limitado. Puedo ejercer resistencia parcial, pero no desconexión total sin consecuencias laborales que ahora no puedo asumir.
Esto no justifica mi uso. Lo explica. La diferencia es crucial: no busco absolución moral, busco honestidad testimonial.
La responsabilidad del arrollamiento
Y aquí llegamos a la parte más incómoda de mi posición, la que probablemente generará más rechazo tanto desde la objeción como desde la adopción acrítica: creo que apartarse completamente, aunque éticamente coherente, puede ser pedagógicamente imprudente. Déjame desarrollar esto con cuidado, porque es fácil malinterpretarlo.
La IA generativa ya está aquí. Las proyecciones de crecimiento son descomunales: se espera que el consumo energético de los datacenters se multiplique por diez en la próxima década. Las inversiones corporativas son estratosféricas. La penetración en instituciones educativas es acelerada. Solo un colapso energético total lo detendría. Y esa es, por cierto, una opción perfectamente imaginable dado el ritmo de crecimiento exponencial y la fragilidad de las cadenas de suministro energético globales. Pero mientras ese colapso no ocurra, o mientras no haya un rechazo político-social masivo que obligue a regulaciones draconianas, el arrollamiento continuará.
Ante esto, veo tres posiciones posibles. La primera es apartarse mediante objeción de conciencia: mantiene dignidad ética personal, establece línea política clara, ofrece testimonio público de rechazo, pero deja el campo libre para adopción acrítica por parte de quienes no tienen esas reservas. La segunda es adoptar acríticamente bajo la premisa de que es inevitable y hay que adaptarse, que el que no se suba al tren se quedará atrás, lo que en realidad es colaboracionismo tecnológico disfrazado de pragmatismo y acelera el desastre que ya estaba en marcha. La tercera posición es estar en primera o segunda fila experimentando críticamente: contradictoria y moralmente incómoda, requiere transparencia testimonial constante, pero tiene como objetivo documentar desde dentro, buscar alternativas, reducir daños donde sea posible, generar conocimiento para el día después.
Yo elijo esta tercera posición. No porque sea moralmente superior, probablemente no lo es. La elijo porque considero que tengo una responsabilidad educativa específica que no puedo cumplir desde la distancia. Si todos los docentes y educadores críticos ejerciéramos objeción de conciencia total, ¿qué ocurriría? Las instituciones adoptarían IA igualmente, de hecho ya lo están haciendo, pero solo quedarían en el campo los tecnoptimistas acríticos y los pragmáticos sin marcos éticos. No habría nadie documentando problemas desde dentro. No habría nadie experimentando alternativas locales en contextos educativos reales. No habría nadie generando conocimiento pedagógico crítico sobre estas herramientas. Apartarse es legítimo a nivel individual. Pero si todos los críticos nos apartamos, dejamos el campo educativo en manos de quienes carecen precisamente de la crítica que nosotros podríamos aportar.

La zona de batalla
Pienso la situación como una zona de batalla tecnológica. En la retaguardia segura están quienes ejercen objeción de conciencia, manteniendo línea política clara, dignidad ética, posición de principios. En el frente avanzado están las BigTech y los early adopters acríticos, empujando la adopción masiva, normalizando el uso, capturando instituciones. Y hay una zona intermedia de impacto donde la IA colisiona con la práctica educativa real, donde se juega qué tipo de uso se normaliza, donde aún existe margen para influir en cómo se adopta, aunque no podamos parar que se adopte.
Slow-TIC se posiciona intencionadamente en esa zona intermedia de impacto. No en trincheras cómodas donde todo está claro, sino donde las contradicciones se viven materialmente. Porque solo desde ahí puedes entender empíricamente cómo funcionan estas herramientas, no solo teóricamente. Puedes detectar puntos de fuga que desde fuera no ves. Puedes documentar daños concretos más allá de denuncias abstractas. Puedes experimentar alternativas locales, open source, comunitarias en contexto real. Puedes generar conocimiento pedagógico situado para quien venga después.
Es una posición heroica en sentido trágico: sabes que probablemente perderás, que el tsunami te arrastrará de todos modos, pero consideras que alguien tiene que estar ahí recogiendo información para el día después. Estar en primera o segunda fila experimentando no es oportunismo. Es responsabilidad pedagógica hacia el futuro. Alguien tiene que aprender cómo funcionan estas herramientas desde dentro, para poder enseñar soberanía tecnológica real, no solo teórica, cuando sea necesario. Alguien tiene que probar alternativas locales en contextos educativos reales, para saber cuáles son viables y cuáles son fantasías tecnoptimistas. Alguien tiene que documentar honestamente las contradicciones, los costes, los fracasos, para que futuras generaciones no repitan los mismos errores. Alguien tiene que estar presente cuando las instituciones colapsen en dependencia, por crisis energética, backlash social, o lo que sea, para poder decir: esto es lo que aprendimos, estas son alternativas probadas, estos son caminos que no funcionaron.
Esa experimentación no está libre de costes. Costes personales: uso herramientas que critico. Costes éticos: alimento sistemas que denuncio. Costes energéticos: consumo recursos cuestionables. Costes reputacionales: soy vulnerable a acusaciones de complicidad. Pero la alternativa, apartarme y dejar que otros sin crítica lo hagan, me parece pedagógicamente irresponsable hacia las generaciones que vendrán.
La imagen que tengo es esta: entrar voluntariamente en la zona de batalla, con los ojos abiertos, documentando todo, para poder salir algún día, si hay un algún día, con conocimiento basado en experiencia real. No con teorías sobre lo que podría haber funcionado, sino con datos empíricos que habría que empezar a recoger sobre consumos energéticos, con experiencias pedagógicas que habría que diseñar e implementar sobre instalación de modelos con estudiantes, con cartografía honesta de dónde el uso local reduce daño y dónde es autoengaño moral, con protocolos a probar de migración de BigTech a infraestructura comunitaria, con testimonios de contradicciones vividas y límites encontrados.
Este conocimiento solo se genera estando ahí. Y alguien tiene que generarlo, aunque implique ensuciarse las manos. La alternativa es que dentro de diez años, cuando el modelo BigTech colapse por crisis energética, rechazo social masivo, regulaciones draconianas, o simple insostenibilidad del modelo, no tengamos ninguna memoria práctica de alternativas. Solo teoría pura producida desde la distancia segura de quien nunca experimentó realmente.
Qué es y qué no es Slow-TIC
Entonces, ¿qué es Slow-TIC en este contexto? Antes de definir positivamente, necesito delimitar negativamente. Slow-TIC no es IA ética: no existe IA ética bajo control corporativo, y Slow-TIC no ofrece versión lavada del mismo problema. No es punto medio sensato: no busco reconciliar posiciones irreconciliables ni ofrecer compromiso cómodo. No es solución que resuelve contradicciones: las contradicciones permanecen, Slow-TIC las documenta, no las disuelve. No es tecnoptimismo disfrazado: no creo que la tecnología vaya a salvarnos, ni siquiera creo que las alternativas locales sean suficientes. No es justificación moral: no busco absolución por mi uso problemático, busco honestidad sobre ese uso.
Si queremos adoptar términos simplificadores para entendernos, aunque reconociendo que la realidad es más compleja, podríamos decir que en el debate sobre IA en educación emergen tres posiciones reconocibles. Una primera posición de objeción o rechazo, caracterizada por el no uso de IA generativa corporativa, la denuncia sistémica del modelo, el mantenimiento de línea política clara, aunque a veces se etiquete despectivamente como negacionismo tecnológico. Una segunda posición de adopción acrítica, de uso entusiasta sin cuestionamiento profundo, bajo la premisa de que es inevitable y hay que adaptarse, celebrando la innovación y la modernización, aunque a veces se etiquete críticamente como colaboracionismo tecnológico. Y una tercera posición de crítica participativa, o como queramos llamarla, caracterizada por el uso crítico mientras se exploran alternativas, el reconocimiento de contradicciones sin resolverlas, la experimentación testimonial desde dentro, la búsqueda de reducción de daño donde sea posible.
Slow-TIC se sitúa en esta tercera posición. O, dicho de otro modo: llamamos Slow-TIC a esa posición de crítica participativa en el contexto educativo específico. No se trata de lo que yo hago personalmente, eso sería confundir testimonio individual con marco conceptual. Se trata de una posición reconocible que comparte ciertos elementos: crítica sistémica del modelo BigTech coincidiendo con la objeción en el diagnóstico fundamental, pero participación exploratoria por responsabilidad pedagógica, contexto institucional, o búsqueda de alternativas. Transparencia sobre contradicciones, sin buscar coherencia imposible ni justificación moral definitiva. Experimentación de alternativas materiales locales, open source, comunitarias, siempre que sea posible. Pedagogía de la visibilización, haciendo evidentes los costes e infraestructuras que el uso corporativo oculta. Documentación testimonial para generar conocimiento situado para quien venga después. Mantenimiento de tensión crítica incluso en medio del uso, sin normalizar acríticamente.
Es importante distinguir entre mi testimonio personal, mi uso intensivo de IA corporativa y local, mi experimentación con modelos, mi documentación de contradicciones, mi trabajo en contexto educativo valenciano, y Slow-TIC como posición, como marco conceptual más amplio que puede adoptar cualquiera que comparta la crítica al modelo corporativo pero considere necesario, inevitable o responsable participar críticamente, y busque formas de reducir daño, explorar alternativas, mantener criterio, sin pretender que eso resuelve las contradicciones.
Dicho de otro modo: yo testimonio desde Slow-TIC, pero Slow-TIC no es lo que yo hago. Es una posición que muchos educadores ya habitan, con o sin ese nombre. Muchos docentes están usando ChatGPT pero sintiéndose incómodos. Buscando alternativas pero sin encontrar comunidad. Cuestionando pero sin ejercer objeción total. Explorando lo local pero sin certezas. Slow-TIC nombra y articula esa posición ya existente. No la inventa, la reconoce y le da marco conceptual.
¿Por qué este posicionamiento específico? Porque existe una responsabilidad educativa particular que justifica, sin eliminar contradicciones, esta posición. Si todos los educadores críticos ejercieran objeción total, las instituciones adoptarían IA igualmente, ya lo están haciendo, pero solo quedarían tecnoptimistas y pragmáticos sin criterio ético. No habría nadie documentando problemas desde dentro. No habría nadie experimentando alternativas en contextos reales. No habría conocimiento pedagógico crítico sobre estas herramientas. Por eso Slow-TIC propone que alguien tiene que estar en la zona de impacto, no por heroísmo sino por responsabilidad hacia el conocimiento futuro que será necesario cuando el modelo corporativo colapse o sea rechazado.
Explorar lo local sin ingenuidad
Una dimensión importante de Slow-TIC es la exploración de modelos locales y abiertos, aunque estoy apenas comenzando a adentrarme en este terreno. Esto requiere explicación cuidadosa porque puede malinterpretarse fácilmente. Instalar Mistral en mi ordenador personal no me convierte en ecologista digital. No arregla el problema sistémico. El modelo sigue siendo entrenado con datos cuestionables, sigue consumiendo energía, sigue siendo dependencia tecnológica. Pero podría reducir, no eliminar, ciertos daños específicos. Control de datos: lo que proceso localmente no alimenta perfiles corporativos. Visibilización de costes: ver la RAM saturarse, medir consumo eléctrico real, experimentar con limitaciones de hardware. No alimentación de infraestructura corporativa: cada consulta local es una que no pasa por datacenters de BigTech. Experimentación pedagógica: la posibilidad de enseñar a estudiantes cómo instalar, configurar, usar, medir. Prefiguración material: aunque limitada, mostraría que otras relaciones tecnológicas son posibles.
Intuyo que habría algo profundamente educativo en hacer que estudiantes de secundaria descarguen LM Studio, instalen un modelo de siete mil millones de parámetros en sus ordenadores, vean cómo se satura la RAM, midan el consumo eléctrico con un medidor, comparen outputs con ChatGPT, discutan por qué este es más lento, por qué este da respuestas distintas, qué implica que ChatGPT sea gratis. Eso podría enseñar más sobre extractivismo digital, infraestructura oculta y costes materiales de la IA que cien charlas teóricas sobre datacenters lejanos. Sería pedagogía slow: lenta, material, situada, que hace visible lo que la velocidad corporativa oculta.
Y hay algo políticamente relevante en imaginar, como posibilidad a explorar, una red de escuelas que comparten servidor local con modelos abiertos. Propiedad colectiva del hardware. Control energético visible y medible. Sin alimentar BigTech. Pedagogía de la infraestructura tecnológica. Prefiguración de otras relaciones posibles con lo digital. Sé que esto no soluciona nada a nivel sistémico. Sé que sigue habiendo problemas de energía, materiales, conocimiento técnico necesario. Pero son líneas de exploración que merecen ser probadas, documentadas, evaluadas honestamente.
Respondiendo a las críticas
Desde la objeción de conciencia puede preguntarse si Slow-TIC no es una coartada para seguir usando lo que deberíamos rechazar. Respuesta honesta: sí, puede serlo. Es un riesgo real que reconozco. Por eso mi compromiso es no presentar esto como solución ética, Slow-TIC no ofrece coherencia moral que no existe. Documentar públicamente contradicciones, incluidas las veces que uso ChatGPT porque el modelo local no funciona bien. Medir y reportar costes reales energéticos, temporales, cognitivos, sin edulcorar. Ser brutalmente honesto sobre cuándo el uso local es reducción de daño y cuándo es autoengaño. Aceptar que puedo estar equivocado, que si dentro de cinco años queda claro que fue racionalización de complicidad, lo reconoceré. Si alguien encuentra en Slow-TIC una excusa moral para adopción acrítica, habrá malinterpretado radicalmente el proyecto. No busco hacer las paces con la IA corporativa. Busco documentar alternativas materiales específicas para quien las necesite.
Desde el pragmatismo acrítico puede preguntarse si Slow-TIC no es negacionismo que obstaculiza la necesaria modernización educativa. Respuesta clara: si consideras modernización la adopción acrítica de infraestructura corporativa, entonces sí, Slow-TIC obstaculiza eso. Pero cuestiono radicalmente que eso sea modernización. Es colonización digital. Es captura institucional. Es entrega de soberanía epistémica. Slow-TIC propone que ralentizar no es obstaculizar sino permitir deliberación. Cuestionar no es rechazar sino mantener criterio. Explorar alternativas no es quedarse atrás sino buscar caminos distintos al precipicio. Mantener tensión crítica es más educativo que acelerar hacia dependencia. Si eso se considera negacionismo, acepto la etiqueta. Pero entonces habría que preguntarse qué significa negar: ¿negar la inevitabilidad propagandística? ¿negar la bondad intrínseca del progreso? ¿negar que debamos sacrificar pensamiento crítico en el altar de la eficiencia?
Complementariedad, no competencia
Y aquí llegamos a mi tesis final sobre la relación entre Slow-TIC y el manifiesto del Atécopol: Slow-TIC no compite con la objeción de conciencia. La complementa desde otro lugar de enunciación. El manifiesto del Atécopol establece una línea roja política indispensable. Sin ella, todo el campo se desplaza hacia normalización corporativa. Su no claro y público es necesario para mantener tensión en el debate.
Slow-TIC opera en territorio distinto: el de quienes comparten la crítica fundamental del Atécopol pero operan en contextos institucionales ya parcialmente capturados y consideran que tienen responsabilidad específica de experimentar alternativas desde dentro, sin poder, querer o saber ejercer objeción total. Para estas personas, yo incluido, Slow-TIC propone reconocer la contradicción sin evasivas, no buscar coherencia imposible. Buscar alternativas materiales locales, open, comunitarias donde existan. Documentar limitaciones con transparencia testimonial, incluidos fracasos. Convertir el uso problemático en pedagogía crítica, hacer visible lo oculto. Mantener abierta la pregunta política en lugar de cerrarla con soluciones. Generar conocimiento situado para el día después del colapso o del rechazo.
Esto no debilita la objeción de conciencia. La complementa desde el terreno sucio pero estratégico de la experimentación responsable bajo presión. Ambas posiciones son necesarias. La objeción mantiene dignidad ética y línea política clara. La experimentación crítica genera conocimiento práctico para alternativas. No son incompatibles. Son estrategias complementarias frente al mismo problema sistémico.
La dignidad de la contradicción
No tengo soluciones. No puedo decirte usa IA así y estarás bien. No puedo ofrecerte coherencia moral que no existe. No puedo prometerte que las alternativas locales arreglan el problema sistémico. Lo que puedo ofrecerte es testimonio honesto desde alguien que usa herramientas que critica, explora alternativas que sabe insuficientes, enseña soberanía tecnológica mientras sigue parcialmente colonizado, mantiene tensión crítica incluso en medio de contradicciones.
Si esto te incomoda, perfecto. La incomodidad es la única posición honesta disponible en esta coyuntura. No hay lugar limpio desde el cual hablar. No hay coherencia posible sin autoengaño. No hay solución individual a problemas sistémicos. Lo que hay es responsabilidad de estar donde ocurre el impacto, documentando, cuestionando, buscando salidas, aunque eso te coloque en posición moralmente comprometida. Lo que hay es necesidad de generar conocimiento práctico sobre alternativas materiales, para que el día del colapso o del rechazo masivo no nos encuentre completamente desnudos. Lo que hay es valor pedagógico en convertir la contradicción vivida en herramienta educativa, en lugar de ocultarla bajo capas de racionalización.
Slow-TIC es el espacio donde esa incomodidad se convierte en pedagogía. No como solución, sino como testimonio. No como coherencia, sino como honestidad. No como punto medio, sino como posicionamiento estratégico en la zona de máximo aprendizaje posible. Contradictorio, incómodo, cuestionable. Pero necesario.
Nota: Este texto fue escrito con ayuda de Claude (Anthropic), revisado críticamente, y forma parte del proyecto Slow-TIC de exploración testimonial sobre tecnología educativa. Más información en slowticaula.es