Hubo un tiempo en que el futuro tenía forma. Podías señalarlo: «De aquí a diez años tendré esto, haré aquello, viviré allá.» No era certeza, pero era horizonte. Y el horizonte, aunque no lo alcances nunca, sirve para caminar en línea recta. Ese horizonte se ha vuelto niebla.
Han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo. Una pandemia, una guerra en Europa, una inflación que muchos no habían visto en su vida, una irrupción tecnológica que aún no sabemos cómo nombrar. Cada vez que parecía que volvíamos a la normalidad, la normalidad había cambiado de dirección. No es que el futuro sea oscuro. Es que es ilegible. Y eso, psicológicamente, es más agotador que el miedo. El miedo tiene objeto. La desorientación, no.
Hay una tentación comprensible cuando todo se mueve: aferrarse a una narrativa que lo explique todo. La tecnología nos salvará. La tecnología nos destruirá. El colapso es inevitable. El progreso es imparable. Cualquier relato que devuelva la sensación de saber hacia dónde vamos. Pregúntale a una IA cómo será el mundo en 2046. Te dará una lista. Siempre una lista.
Hay quien ve en la IA, precisamente, el fin del trabajo tal como lo conocemos, la solución a todos los problemas de la humanidad, o directamente el inicio del fin. Hay quien espera que la burbuja explote y todo vuelva a ser como antes. Probablemente ninguno de ellos tiene razón del todo. Las burbujas estallan, sí. Pero el correo electrónico no desapareció cuando se hundieron las «.com» en 2001. Internet tampoco. Sobrevivieron, se integraron, cambiaron el mundo — solo que sin la euforia especulativa alrededor. La IA seguirá un camino parecido: menos espectáculo, más integración silenciosa. Cuando los niños que hoy tienen once años tengan veinticinco, la usarán con la misma naturalidad con que hoy usan el móvil. Ni magia ni apocalipsis. Parte del mundo.
Entonces, ¿qué hacemos?

Hay una respuesta fácil: prepararse para escenarios concretos. Tener plan B. Y tiene su valor — no es mala idea saber qué harías si el precio de la gasolina se dispara o si tu sector laboral cambia radicalmente. Pero hay una respuesta más profunda, y creo que más honesta: aprender a vivir con preguntas abiertas. No como resignación. Como habilidad.
La incertidumbre no es el enemigo. Es el territorio. Y moverse bien en un territorio incierto no requiere un mapa perfecto — requiere orientación, criterio, capacidad de adaptación. Requiere saber que puedes equivocarte y corregir. Que puedes no saber y seguir avanzando. Que la pregunta abierta no es una amenaza sino, a veces, la única respuesta honesta disponible.
Pienso en esto con frecuencia cuando estoy delante de mis alumnos de primaria. Tienen once, doce años. Cuando terminen su formación — sea cual sea — estarán entrando en un mundo laboral que hoy no podemos describir con precisión. En un mundo cuyas reglas climáticas, energéticas y tecnológicas están siendo reescritas ahora mismo.
¿Qué les doy? No les puedo dar certezas que no tengo. No les puedo prometer un futuro concreto. Lo que sí puedo hacer — lo que creo que tiene sentido hacer — es darles herramientas para pensar, para relacionarse, para no romperse cuando las cosas no salen como esperaban. Para convivir con la incertidumbre sin paralizarse. Todo esto aparece en las leyes educativas, redactado, de alguna manera propuesto, sí. Pero la evaluación sigue midiendo otras cosas. Y lo que no se evalúa, en la práctica, cede espacio.
No sé cómo será el mundo en veinte años. Pero sé que quien llegue a ese mundo sabiendo pensar con criterio, colaborar con otros y adaptarse sin perder el eje tendrá mucho más margen que quien llegue con la respuesta correcta a una pregunta que ya nadie hace.
El horizonte es niebla. Eso ya lo sabemos. Lo que no sabemos aún es si estamos aprendiendo a caminar en ella.