Artículo que propició esta reflexión
La advertencia del profesor de Filosofía
«Si no escribes bien y no hablas bien, tampoco puedes pensar bien». Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía y coautor del currículo oficial de su materia, lo dice sin ambigüedad en una reciente entrevista en El País. No está haciendo purismo lingüístico ni lamentando que los jóvenes escriban diferente. Está señalando algo más fundamental: que el lenguaje verbal no es solo una herramienta para expresar pensamientos ya formados, sino la estructura misma donde se construye el pensamiento.
Bermúdez describe un panorama educativo desconcertante. Los estudiantes tienen «dificultades para comprender textos escritos y para expresar por escrito contenidos complejos de una forma también compleja y amplia». Dificultades, especifica, «para expresarse en el lenguaje en el que tú y yo nos hemos educado». Y aunque aclara que los chavales «no son tontos» y «tienen un potencial enorme», advierte que ese potencial está «desaprovechado porque no están aprendiendo todos los lenguajes que deberían estar aprendiendo y dominando».
Entre las causas de este desaprovechamiento, Bermúdez señala la inteligencia artificial. Y usa una metáfora brillante: el autotune, ese aparato que hace que parezcas cantar afinado aunque no lo hagas. Muchos estudiantes, dice, ya no usan la IA «con picardía» (sabiendo que hacen trampa), sino creyendo genuinamente que es «una herramienta para que ellos puedan expresarse mejor». Llegan a creer que esa expresión es fruto de su colaboración con la máquina, «cuando en el fondo la máquina lo hace prácticamente todo».
Cuando el texto es demasiado bueno
El problema no es que la IA produzca mal texto. Al contrario. El problema es que produce texto pulido, coherente, articulado. Texto que parece el resultado de un proceso de pensamiento cuando en realidad ha sustituido ese proceso.
Porque el pensamiento no se construye en el resultado final, en el texto limpio que entregas. Se construye en el proceso: en el momento en que buscas la palabra precisa y no la encuentras, en cuando reescribes una frase tres veces porque la primera no captura del todo lo que quieres decir, en cuando descubres al escribir que lo que creías pensar era en realidad más complicado o diferente.
Escribir no es transcribir pensamientos. Escribir es pensar. Es el lugar donde las ideas confusas se aclaran, donde las intuiciones vagas se concretan, donde descubres conexiones que no habías visto. El proceso torpe, lento, lleno de borrones y reescrituras, no es un defecto a superar. Es el mecanismo mismo de construcción del pensamiento.
Cuando un estudiante pide a ChatGPT que escriba un ensayo sobre Cervantes, no está usando un atajo para expresar mejor lo que ya piensa. Está evitando el proceso que construiría su capacidad de pensar sobre Cervantes. La máquina produce el texto, sí. Pero el cableado neuronal que se forma cuando luchas con las palabras, cuando ordenas ideas, cuando articulas argumentos – ese cableado no se produce.
La asimetría del desarrollo cognitivo
Aquí es donde la edad importa radicalmente. Y donde mi propia contradicción como usuario de IA se vuelve reveladora.
Tengo más de 50 años. Mi aparato cognitivo está construido. He escrito miles de textos a lo largo de mi vida. He hecho el recorrido completo, repetidamente, desde la idea confusa hasta la expresión articulada. Sé pensar-escribiendo porque lo he practicado durante décadas.
Cuando uso Claude para refinar un texto, estoy usando una herramienta que me ayuda a pulir, reorganizar, explorar variaciones de un pensamiento que ya existe en mí. Y más importante aún: hay capacidades lingüísticas que quizás no desarrollé completamente en su momento, limitaciones que a mi edad ya no voy a superar de forma «natural». Para mí, la IA puede funcionar como una prótesis legítima que compensa esas limitaciones y me permite producir trabajo intelectual que de otro modo quedaría restringido.
Un chaval de 16 años está en una situación radicalmente diferente. Está en el momento crítico de construcción de su aparato cognitivo. Cada texto que escribe con esfuerzo, cada párrafo que reescribe buscando claridad, cada argumento que intenta articular – todo eso está cableando su cerebro, construyendo las estructuras neuronales que le permitirán pensar con complejidad durante el resto de su vida.
Cuando ese mismo chaval usa ChatGPT para escribir el ensayo, está renunciando desde el inicio a desarrollar capacidades que todavía está a tiempo de construir. Está cerrando ventanas de desarrollo que luego no se reabren. No es que esté usando mal una herramienta neutral. Es que está usando una prótesis antes de haber desarrollado los músculos.
La misma herramienta. Impactos radicalmente opuestos según la etapa vital del usuario.
El lenguaje como lugar de construcción
Bermúdez insiste en que el lenguaje verbal es «mucho mejor» que otros códigos «porque pensamos con él». No es que sea una preferencia cultural o generacional. Es una cuestión cognitiva: el lenguaje verbal, con su sintaxis compleja, su capacidad de matiz, su exigencia de precisión, es el lugar privilegiado donde se construye el pensamiento abstracto, el razonamiento complejo, la capacidad de integrar información contradictoria.
Pensamos con palabras. No solo expresamos con palabras lo que ya pensamos. Las palabras mismas son las herramientas del pensamiento. Y aprender a manejar esas herramientas – aprender a escribir con precisión, con matiz, con complejidad – es aprender a pensar.
Esto no significa que cualquier escritura valga. Significa que el proceso de luchar con el lenguaje, de buscar la formulación precisa, de reescribir hasta que el texto dice lo que querías decir – ese proceso no es opcional. No es un rodeo que la tecnología permite saltar. Es el camino mismo.
Cuando Bermúdez dice que los estudiantes tienen dificultades para expresarse en el lenguaje «en el que tú y yo nos hemos educado», no está siendo nostálgico. Está señalando una pérdida concreta: la pérdida de las estructuras cognitivas que ese lenguaje construye cuando lo aprendes desde dentro, luchando con él, haciéndolo tuyo.
La pregunta Slow-TIC desde lo lingüístico
Desde Slow-TIC, la pregunta no es si prohibir o permitir el uso de IA en educación. Es una pregunta más fundamental: ¿cómo proteger los procesos de desarrollo cognitivo cuando el atajo está siempre disponible?
¿Cómo crear espacios donde escribir pueda ser lento, torpe, con borrones? ¿Espacios donde el estudiante tenga que enfrentarse a su propia dificultad para articular una idea, donde no haya escape posible hacia la fluidez prestada de la máquina?
No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de entender qué se pierde cuando la usamos en el momento equivocado del desarrollo. La IA puede ser un apoyo extraordinario para quien ya tiene construidas sus capacidades lingüísticas. Puede ser devastadora para quien las está construyendo.
La velocidad es parte del problema. La IA genera texto instantáneamente. Pero aprender a pensar-escribiendo requiere lentitud. Requiere el tiempo muerto entre el momento en que intentas formular una idea y el momento en que finalmente encuentras las palabras. Requiere la frustración de no saber cómo decir algo. Requiere la experiencia repetida de que las palabras que eliges cambian lo que querías decir.
Bermúdez menciona que habría que «cambiar el propio concepto de evaluación» para aprovechar educativamente la IA. Pero quizás antes habría que cambiar el propio concepto de qué significa aprender a escribir. Porque si escribir es pensar, aprender a escribir no puede ser aprender a producir textos correctos. Tiene que ser aprender a habitar el proceso donde el pensamiento se construye.
Cierre: la urgencia de proteger el proceso
Uso Claude regularmente para escribir. Esta misma reflexión ha sido elaborada en conversación con una IA. Mi uso es legítimo precisamente porque ya tengo construido lo que los chavales de 16 años necesitan construir. A mi edad, la IA compensa limitaciones que no voy a superar ya de otro modo.
No quiero justificar mi uso solo por esto. También lo hago por curiosidad, por exploración profesional, por necesidad de conocer desde dentro el contexto que analizo. No puedo hablar críticamente de estas herramientas sin usarlas, sin experimentar sus efectos en mi propio proceso de pensamiento. Dicho esto, no es una obligación ni una necesidad estar al día con estas tecnologías. Otros educadores pueden hacer un trabajo igualmente valioso observando críticamente a quienes las usamos, sin sentir que tienen que adoptarlas ellos mismos. No estoy recomendando mi opción – solo documentándola.
Pero precisamente por eso entiendo la urgencia de proteger los procesos de desarrollo en quienes sí están a tiempo. No porque yo sea especial o haya llegado a algún nivel de maestría. Sino porque tuve la suerte de aprender a escribir en una época en que no había atajos disponibles. Tuve que hacer el recorrido completo, con toda su lentitud y torpeza.
Esa lentitud no fue un defecto de mi época. Fue la condición de posibilidad para que aprendiera a pensar con palabras.
No tengo soluciones simples. El autotune del pensamiento está aquí, disponible en el móvil de cada estudiante. No va a desaparecer. Pero al menos podemos ser honestos sobre lo que está en juego.
El lenguaje no es una habilidad más entre otras. Es el lugar donde nos hacemos capaces de pensar. Y si externalizamos ese lugar a las máquinas en el momento crítico del desarrollo, no estamos produciendo mejores textos. Estamos impidiendo que se construya el pensamiento mismo.
Este texto forma parte del proyecto Slow-TIC, una exploración de las tensiones entre velocidad tecnológica y deliberación pedagógica. Más en slowticaula.es

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